De chiquita, yo era bien malcriada. Dicen que se me quedaba más rápido un chiste colorado o una mala palabra, que cualquier otra cosa... y vivía ofreciéndole sus trancazos a todo el que me caía mal. Cuentan que era medio adelantada para mi edad, pero yo creo que lo que pasaba era que podía más la shutencia, que la supuesta "genialidad". .
Hace poco, estuve en Guatemala un mi buen tiempo y me acostaba algo tarde entre una y mil cosas por hacer, pero me divertía de lo lindo con una serie de MTV; la de esos patojitos malcriados que se llama South Park, especialmente porque me sentí muy identificada con estos güiritos tan mal hablados y tremendamente irreverentes, que hasta se pasan. Esos son re-pelados para decir las cosas y no respetan ni al Papa. Allí sí me ganaron. Bueno, con mi hermano les poníamos apodos a los sacerdotes de la iglesia. Había uno al que le decíamos "Cremita", porque era negrito y muy dulce; y, a otro, "Mi Mamá me dijo...", en honor al buitre aquél que salía con Buggs Bunny.
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Como de South Park, además de malcriadota, era re-traviesa, pues se me ocurría de todo, y andaba queriendo salvar al mundo por mí misma. Sí, yo y mi gran bocota. Y todavía tengo algo de eso, ¡por la gran puchis!
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Tenía un grupo de vecinitas, algo parecido a los patojos de la caricatura. Pero estas pobres sí que sufrían, porque yo de todo me aburría, hasta de ellas. Las llamaba a jugar conmigo en el jardín de mi casa y les prestaba mis muñecas, pero al rato quería explicarles mi juego y como no me comprendían, me ponía bien brava...y las mandaba a todas al carajo. Mi pobre madre tenía que estarme controlando, porque si no, hasta sus patadas les ofrecía. Sólamente tenía como 4 ó 5 años.
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Yo creo que por ese mi temperamento mi papá decidió enseñarme algunos movimientos de Karate, que aprendí con gran facilidad. Pero eso sí, me advirtió que eso lo usara únicamente como defensa y que no anduviera de pendenciera, porque siempre hay alguien más fuerte o que sabe más y le va a uno como en feria.
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Cuenta mi familia (porque yo no recuerdo bien), que una mañana le pedí a mi mamá dinero para ir a comprar un huevo a la tienda. Ella me dio, creo que 5 centavos, y se quedó con mi hermana, viéndome por la ventana, pues la tienda estaba enfrente de mi casa y no pasaban carros por allí. Bueno, tal vez por mi carácter extrovertido, les caía mal a algunas niñas, especialmente a las que eran un poquito mayores que yo, por lo que 4 patojitas me salieron al paso y me dijeron:
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- Bueno Chachi, hoy si te vamos a pegar, ¡pisada! (Eran igual de mal habladotas que yo).
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Y se abalanzaron sobre mí las montoneras.
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Dicen que yo no chisté palabra y sólamente me concreté a repartir manadas y patadas como Kwi Chang Caine, de la serie de TV, Kung Fu. Para no cansarlos, dicen que las boté a todas. Todavía con gran calma fui a la tienda, compré mi huevo y, entre la boca abierta de la tendera, de mi mamá y mi hermana, regresé sobre mis pasos diciéndoles a las patojas, que aún estaban tiradas en el suelo:
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- Bueno, cerotas... ¿y no se han levantado?
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Les juro que de eso yo no me acuerdo y me da pena cuando me lo cuentan.
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Bueno, con lo de querer salvar al mundo, tengo muchas anécdotas, como aquella al siguiente día del terremoto en 1976, cuando tenía yo como 7 años. Encontré el botiquín de mi casa y otras pastillas que hallé mal paradas por allí, y dispuse que iba a regalar medicina a la gente angustiada que andaba por la calle. Me fui caminando con la cajita en la mano y a todo el mundo le preguntaba si necesitaba alguna medicina. Algunos medio chusemas todavía con lo del terremoto, me decían gracias, que les diera una aspirina.
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Cuando terminé de dar la vuelta, había dejado vacío ya el botiquín. Regalé todo: aspirinas, algodón alcohol, mejorales, sal de frutas Enno, metaphen; hasta Botonetas, creo yo. Lo malo es que también allí iban las medicinas de mi abuelita y, si no se da cuenta a tiempo, la dejo sin sus dosis a la pobre, pues le tocó que ir conmigo a ver quién, entre aprovechado y atarantado, se había quedado con sus pastillas. Porque yo las dí en calidad de aspirinas, también. Creo que eran pastillas para la alergia. Y de paso, dejé sin primeros auxilios a mi familia, en un tiempo tan difícil.
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Tan linda mi abuelita, nos cuidó para el terremoto, porque mis papás no estaban en casa y mi mamacita, logró regresar de Cobán, en una avioneta vieja como 3 días después del sacudión.
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Pero les sigo contado de mis aventuras casi estilo South Park. Una vez, ya en el colegio, la maestra quería quedar bien con la directora y decidió recolectar pisto entre las alumnas para darle un regalo. Para lo único que le alcanzó fue para comprar un zeppelín de esos de pan. Como vimos que estaba muy simple el regalo, YO (la salvadora del mundo) dispuse ofrecerme para decorarlo.
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Nos juntamos en casa de una compañera y entre las dos, hicimos un manjar de esos de maicena, que nos quedó todo crudo. Embadurnamos el zepelín y todavía le pusimos unos chicles de bola y ositos "gummi", como adorno. Para más joder, lo envolvimos, así pelado, en papel de china y luego, de regalo, el cual se pegosteó todo, pero así lo dejamos. Al siguiente día, se lo llevamos a la maestra, quien como lo vio ya envueltito. Rapidito nos mandó a dejárselo a la directora. Nosotras se lo entregamos, por puro chingar, sólamente en nombre de la señorita, y lo recibió muy contenta. De seguro, lo feliz se le quitó cuando abrió el regalito, pues parece que no le habló a nuestra maestra por varios días. Qué mate de risa, muchá.
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Aventuras de éstas, tengo un montón, pero con lo que quiero terminar este relato, es que como yo era re-malcriada, mi mamita linda ya me había advertido que si me oía decir otra mala palabra, me iba a quemar la lengua, porque ni ella ni mi papá decían groserías. (Verdaderamente, no sé de donde salí yo así). A mí, como todo me venía "del norte", ni caso le hice. Así que una tarde, cuando llegaba mi mami de su trabajo, me encontró maltratando a una señora de la vecindad. Me estaba bajando de una escalera, a donde me había subido para ver del otro lado de la pared, hacia la otra casa. ¡Ay ay ay! mi mamá me oyó cabalito, cuando le decía a la vecina:...- !Cállese vieja cerota!
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¡Ja!, para qué quiso más mi madrecita. Me fue a terminar de bajar de la escalera y, tal como me lo había ofrecido, agarró una carterita, encendió un fósforo y me decía:
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- Va, por malcriada te voy a quemar la lengua...¡sacála, pues!...
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Yo por babosa si abría la boca. Allí tenía bien prensados los labios. Pero como era chiquita, no dejé de asustarme un poco. Miraba que mi mamá ya no aguantaba la risa. Y yo, por dentro, me preguntaba: "¿Y mi mami, creerá que yo voy a sacar la lengua?"
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Ahora nos reímos de todas esas babosadas, pero creo que el conato de incendio lingual, al menos me sirvió para ver pa´todos lados antes de decir una mala palabra y fijarme bien si no estaba mi mamá cerca.
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Pienso que todos los patojos tuvimos, tienen y tendrán algo de South Park. Algunos, como yo, son francos, irreverentes, mal hablados y traviesos; pero todos, con gran inocencia y mucha nobleza en el corazón para salvar al mundo. Claro que las malas palabras no se dicen frente a los papás, por el peligro de resultar con la lengua chamuscada.
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Advierto que ahora ya se me olvidó el Kung Fu.
Saludos a Marilena, Vilmita, Esmeralda y la Chiqui. Gracias por aguantarme tanta babosada. Y las que me querían pegar...les juro que ya no me acuerdo ni quiénes fueron.
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Foto:http://www.antena3tv.com/southpark/ La versión española de South Park, debe de ser muy buena. Con lo naturales que son los epañolitos, ¿se oirán igual las malas palabras? Etiquetas: Chachi Chiquita